UNA NUEVA MUESTRA DE RECUERDO Y RECONOCIMIENTO HACIA TOÑO PUYUELO, DE MARIA JESÚS PÉREZ SÁNCHEZ

                                                              IN MEMORIAM

Una antigua leyenda que cuenta la historia del mundo, para explicar el orden de la creación, divide a los humanos en dos categorías: los hombres corrientes o "kilis", que viven en el llano o en el monte, y los especiales o "acuis", hombres íntegros que conforman una categoría de humanos superior. Los "acuis" habitan las mismas zonas que los primeros y viven como ellos, pero tienen la peculiaridad de albergar dentro de sí el medio que les rodea. Es decir, en su limitado cuerpo físico, habitan y viven montañas, ríos y otras formas de la Naturaleza que estos hombres reconocen como propias porque están en su interior.

Algunos dicen que las leyendas y sus personajes son más fantásticos que reales, sin embargo, los que conocimos a Antonio, podemos creer sin dudar que, todavía hoy, viven entre nosotros algunos seres "especiales" o "acuis", hombres de intachable personalidad dotados de un universo interior infinitamente amplio que los convierte en guardianes, morada y templo del paisaje que nos rodea.

Los primeros recuerdos que tengo de Toñín son de cuando teníamos unos seis años y jugábamos en Sietefuentes. En este parque natural había columpios, pero él prefería subirse a los árboles o inspeccionar el cercano barranco y las orillas del Ara. Un día le pregunté si sabía qué hay dentro de la cabeza de la gente que tiene los ojos azules, y su respuesta fue rápida y tajante: "pues qué va a haber, agua", contestó. Y no mentía, porque, a los pocos años, la primera piragua que ví en el Cinca la manejaba un jovencísimo Toñín con tanta soltura y seguridad, que remo y canoa venían a ser meras extensiones de su cuerpo.

Eran estos los inicios del CAS, un grupo de amigos, entre ellos Toñín, empeñados en ofrecer a los habitantes de Sobrarbe una forma distinta de conocer y vivir el país; unos "locos" convencidos de que este entorno no sólo no es hostil, sino que, contrariamente a lo que muchos creían, sus peculiaridades geográficas, lejos de ser una barrera que excluye, son un regalo, una ópera sublime de rocas y agua que nos perdemos si no somos capaces de orientar bien nuestros sentidos, de entenderlo como algo consustancial a nuestro cuerpo hasta llegar a percibir que la tierra que pisamos es una prolongación de nosotros mismos .
Y fue Toñín, acaso por ser el benjamín del grupo del CAS y el más cercano en edad a los adolescentes que veníamos detrás, el que con su ejemplo, entusiasmo y alegría, nos incitaba a tirar por esta vía, aunando ocio, ejercicio y amor a la tierra, en una época de cambios, los `80, en que Sobrarbe, como el resto del país, buscaba su espacio en el mundo y definía su nueva personalidad apostando por una "Movida" diferente. Una personalidad que vino acertadamente orientada por algunos sobrarbenses como Toño, enamorado de su tierra y empeñado en vivirla a través del deporte, cuidándola y protegiéndola a toda costa y participando activamente en cualquier manifestación deportiva, lúdica o cultural, como la Morisma, el Viello o las Hogueras.

Esta actitud de amor y compromiso con la gente y con el mundo fue una constante en su vida y en todos los ámbitos, familiar, social y profesional porque, como buen montañero, tenía muy claro dónde está el Norte.
Todo esto, unido a su personalidad arrolladora y vital, es lo que le convierte en una influencia positiva, en referente y modelo a imitar, dándole cierto carácter de universalidad. Por eso muchos de nosotros tenemos la sensación de que esta tierra tiene una deuda con Antonio porque fue uno de los que inició ese cambio que todos queremos ver en el mundo y en las personas, pero que pocos realizamos.

Sirvan por tanto estas líneas para poner en valor su legado y sus virtudes y para decir que, en Sobrarbe y en el mundo, donde un río palpite, un monte respire o una carrasca brille, siempre habitará el espíritu de Toño.

Chuta, 20-3-2014